Excelente muestra de la arquitectura militar imperial china, constituida por muros, torres de vigilancia, puertas, pistas para caballos, refugios, fortalezas y viviendas adosadas a la propia muralla, en 1987 la Unesco incluyó algunas de sus sec­ciones en su Lista del Patrimonio Mundial, a la que fue incorporando otros tramos a posteriormente, aunque no su totalidad. La Unesco es consciente de que este descomunal símbolo histórico y nacional que atesora más de 2.000 años de historia entre sus deterioradas piedras, capas de arcilla y ladrillo, corre hoy el riesgo de desaparecer para siempre a causa del grave deterioro producido, entre otros factores, por la erosión ocasionada por las lluvias torrenciales, el escaso mantenimiento llevado a cabo, el vandalismo, la construcción de infraestructuras anexas y la presión excesiva de un turismo que en las secciones cercanas a Beijing supera los ocho millones de visitas anuales.

La Unesco considera que «el valor universal excepcional de la Gran Muralla y todos sus atributos deben estar protegidos en su conjunto», lo que significa plantear acciones para la conser­vación de la estructura original, gestionar el tu­­rismo de forma sostenible y difundir el valor de tan valiosa estructura. «Amemos nuestra China, restauremos nuestra Muralla», sentenció en 1984 Deng Xiaoping, máximo líder de la República Popular en aquel momento, esgrimiendo un revisionismo histórico que obviaba la opresión feudal a la que se vieron sometidos los obreros esclavos que la construyeron.

Desde entonces se han restaurado varios tramos, aunque otros se han deteriorado gravemente e incluso han desaparecido. Alrededor de 2.000 kilómetros de la construcción original ya no existen. Borrados del mapa. Así lo declaró el pasado mes de junio la Administración Estatal de la Herencia Cultural de China. Además, según la China Great Wall Society (CGWS), solo un 8,2 % de la Muralla construida durante la dinastía Ming se mantiene en buenas condiciones de conservación.

En épocas de miseria, muchos campesinos han utilizado partes de la Muralla como material de construcción para sus casas, corrales y patios. Y en la actualidad no faltan quienes atentan contra el muro arrancando pedazos por los que se sacan unos yuanes en el mercado negro o vendiéndose directamente a los turistas. Por otra parte, diversos proyectos de infraestruc­turas han horadado directamente secciones de esta reliquia para, por ejemplo, construir carreteras. En 2004 salió a la luz que en la sección de Shaanxi, construida por los Ming, había hasta 40 aberturas. Ese mismo año China se preparaba para acoger el vigesimoctavo congreso del Co­­mité del Patrimonio Mundial de la Unesco en Suzhou, y los portavoces de la nación, ante el clamor internacional, se esforzaron por demostrar sus acciones de preservación de la Muralla.

Hoy no parece que ese cúmulo de problemas esté resuelto. Las lluvias siguen derribando partes de estas paredes milenarias, las raíces de los árboles revientan su base en distintos tramos y los turistas siguen acudiendo a miles y de forma poco ordenada. Algunos incluso graban sus nombres con objetos punzantes a modo de vandálicos graffiti. Hay miles de ellos, sobre todo cerca de Beijing. No parece que las autoridades logren el cumplimiento de las normas de protección de un patrimonio cuya inmensidad es parte del problema. Restaurarlo y protegerlo no es tarea fácil. Se debería contar con el apoyo de las comunidades locales e invertir ingentes cantidades de dinero para conservarlo para las generaciones venideras. Recientemente se ha proyectado la restauración de una de las partes más antiguas, en la provincia de Shandong. Solo la renovación de 18 tramos, cuya extensión es de 61 kilómetros, costará 208 millones de yuanes (30 millones de euros).

Fuente:nationalgeographic